«Es más fácil de lo que parece. Es más fácil jugarlo que explicarlo por radio», confiesa Horacio Moavro, ex presidente de la Asociación Argentina de Scrabble y dos veces bicampeón nacional. Lo que muchos ven como un simple juego de mesa, para él es un universo de estrategia, memoria y pasión desbordante. «Habría que poner un aviso en la caja: ‘Cuidado, esto es muy adictivo. El que entra acá no se va más’», bromea, aunque no exagera. El Scrabble competitivo engancha, obsesiona y lleva a sus jugadores a estudiar el diccionario como si fuera un manual de guerra.
El salto del juego familiar al profesional es abismal. «En el recreativo, uno hace palabras lindas aunque den pocos puntos. En el competitivo, con dos letras podés hacer 50», explica Horacio. Cada partida es un duelo mental donde el azar de las fichas se combina con táctica pura. «El entrenamiento de Messi es físico; el nuestro es aprender palabras. Cuantas más conocés, mejor jugás». Pero no se trata solo de vocabulario: el tablero es un campo de batalla donde cada movimiento puede definir la victoria. «A veces levantás el tablero y se pudre todo», admite entre risas, aunque aclara que hoy las disputas se resuelven con una app llamada Lexicom, que valida palabras al instante. «Lo que está en el diccionario vale, y lo que no, no. Así evitamos divorcios».
¿Qué hace falta para ser buen jugador? «Cinco minutos para aprenderlo, toda una vida para perfeccionarlo», responde Horacio, parafraseando un dicho del Go. El Scrabble, como el ajedrez, tiene una curva de aprendizaje infinita. «Al principio jugaba con mi familia después de los ravioles del domingo. Hasta que vi un anuncio de un torneo y dije: ‘¿En serio existe esto?’». Ahí descubrió que había gente que memorizaba listas de palabras rarísimas, como «el piojo de la gallina». Hoy, como tesorero de la Federación Internacional de Scrabble en español, viaja a campeonatos donde se juega con la misma intensidad que en cualquier deporte. «Nadie vive de esto, pero el que prueba no para».
El Scrabble también es un reflejo de cada idioma. «La ñ es nuestra, el alemán tiene vocales con diéresis, y los griegos juegan con otro alfabeto», detalla Horacio. Cada versión adapta las fichas a la frecuencia de las letras en su lengua, pero la esencia es la misma: «En Granada vimos un torneo en griego. No entendíamos nada, pero la pasión era idéntica». Para él, lo más fascinante es cómo el juego conecta generaciones. «Hacemos torneos con chicos que escriben mal algunas palabras. Al principio no importa: lo esencial es que jueguen». Pronto se realizará el primer Campeonato Mundial Sub-21, donde jóvenes de 20 países demostrarán que el Scrabble no es solo para abuelos.
Los interesados en adentrarse en este mundo pueden participar del taller «Del juego familiar al competitivo», que se realizará este viernes 15 de agosto a las 11 hs en la Sala Caraffa. La actividad es gratuita y abierta a todo público, aunque se recomienda inscribirse previamente al 3548 418176. Luego del taller, comenzará el 4° Torneo del Valle de Punilla, donde más de 80 jugadores de todo el país competirán durante todo el fin de semana. «Vienen desde curiosos hasta aspirantes a campeones mundiales», adelanta Horacio.
¿Por qué seguir jugando en la era de los celulares? «Porque es un deporte de la mente», afirma Horacio. En los torneos, los dispositivos solo se usan como relojes o para consultar Lexicom. El resto es pura estrategia y vocabulario. «Ganar depende de tu talento, no de la suerte. Aunque siempre está el que dice: ‘¡Qué buenas letras te tocaron!’», ríe. Pero detrás de esa risa hay una verdad: el Scrabble es un juego que premia el conocimiento, la astucia y, sobre todo, el amor por las palabras.
«El que prueba no para», repite Horacio. Y no es un slogan: es la confesión de un adicto. Un adicto a las letras, a los desafíos y a esa emoción única de formar una palabra perfecta en el momento justo. «Acá te podés sacar los ojos, podés ganar trofeos», advierte. Pero lo más valioso no son los premios, sino esa comunidad global que encontró en un tablero la excusa perfecta para compartir una pasión. Porque al final, el Scrabble no es solo un juego: es una forma de vivir las palabras.
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